lunes, 18 de septiembre de 2017

Capítulo uno, "El sueño"

Ronald era de esas personas que se dormían al tocar los asientos del autobús, por eso es este relato no empieza diciendo que dormía, sino que las entradas que se asomaban fervientemente en su cabeza se balanceaban sin cesar y sin dueño, como las olas de un mar, de un mar de sueños.

Esta es la historia de una mujer infiel, o para ser más específicos, de una mujer que estaba siendo infiel mientras Juan dormía en el arrullo caluroso y mal oliente de un autobús con dirección a Maracay a través de los interminables baches de las calles de Mariara.

Juan había estado desesperado por ella, porque no lo dejase, por no perderla. Pero la desesperación es egoísta y el egoísmo desvía la atención de las cosas obvias que están frente a tus ojos. En otras palabras, era bastante claro que su mujer estaba viendo a otro, pensando a otro y, naturalmente, alejándose de Ronald para tener tiempo y espacio de dudar de su amor en otros brazos, con otro hombre dentro de ella.

El miedo de perderla acrecentaba su deseo, la cercanía en su mente de un final definitivo y atroz lo llenaba de una fuerza voraz e intensa que lo perseguía hasta en sueños, desarrollando así el hábito hasta ahora nunca antes presente de hablar en sueños.

En sueños hablaba, hablaba con ella, y a ella le contaba sus sueños incluso antes de despertarse, como si tuviese prisa, la prisa de los que temen la única muerte posible, la del olvido.

Pensaba en ti. En toda tu piel, te miraba acostada, boca arriba, tus senos desplegándose bajo su propio peso; son tan hermosos, con tu piel de arequipe, dulce como ella sola, y esos pezones oscuros que me hacen agua la boca. Creo que cuando pienso en ti se me hace agua la boca porque me das sed, me das ganas de beberte, de hidratarme de ti, de sentir los tonos de tu piel en mi lengua, y llenarte por completo de saliva, y sentir ese sabor a ti que nadie más tiene. Sentir esa suavidad y frescura de la que me llenas mientras te beso y mi pene crece, y se endurece, y te quiero penetrar por todas partes y de todas las formas en las que sabes que sólo yo sé cómo hacerlo.

Entonces despertaba, con una viscosidad saliendo tanto de sus labios como de su endurecido pene. Su piel se despegaba como un suspiro del cristal ardiente de la ventana, adherido a su piel por el sudor escalofriante de un despertar abrupto. Sus ojos no le dolían, pero era algo peor que dolerle, no podía sentirlos debajo de esos pesados párpados que se negaban a abrirse con la misma vehemencia con la que él se negaba a dejar ir a la mujer que amaba. Un bostezo que parecía tragarse el autobús, los pasajeros y su mal aliento al mismo tiempo consiguió hacerlo lagrimar; eran lágrimas las que necesitaba para abrir los ojos, y eran también lágrimas las que estaban por llegar a su vida, pero él todavía no sabía que estaban generándose al mismo tiempo que el deseaba con todo su ser por última vez a la mujer que era el centro de su vida, y estaba por convertirse en el centro de su muerte.

Cine: Warrior (2011)

Hay películas que si nos las cuentan, nos harían bostezar; pero al verlas, nos hicieron conmover hasta el punto de las lágrimas. ¿Qué no es acaso una buena película aquella que nos mantiene en una tensa atención y hace que las horas que dure, se nos pasen como si en esas horas no existiese el tiempo?

Una cosa muy interesante ocurre en el proceso de selección, tanto de un libro como de una película. ¿Alguna vez han observado con detenimiento esa expectativa que ocurre antes de adentrarse en una de esas aventuras de la imaginación? (Acaso no toda aventura empieza en la mente y no termina sino hasta que la dejas de pensar). Lo encantador de esto es que la película o el libro nunca va a ser como la estamos proyectando, pero al mismo tiempo, si lo que proyectamos no es estimulante, cómo elegir entre tantas opciones y terminar encontrando a aquella, la que te hace sentir tanta felicidad por un instante, que te hace preguntarte ¿Cómo carajos es posible que pueda sentir otra cosa luego de sentir una dicha tan honda? ¿Cómo es posible sentir tantas emociones y que después la vida siga, como si vivir fuera algo normal, y a la vez algo que te permite sentir tanto y tan hondamente?

Esta reseña no se trata de una descripción intelectual de lo que va a pasar en una película, porque cuando trato de contarme a mí mismo lo que vi, esas palabras no tienen el aroma que sólo tienen esas escenas, esas emociones que no hubiese sentido si me contaban o me explicaban por qué debería ver algo. Constantemente uno es bombardeado por otros acerca de las cosas que les gustan, desde las sombras de Grey hasta los juegos de los tronos (si es que hay alguna diferencia, pues sólo conozco ambos nombres por referencias), y las explicaciones de esas personas te quitan esa fascinante expectativa, que aunque inherentemente errónea, es indispensable para gozar de cualquier empresa o aventura.

Uno puede creer que se puede hablar de un libro con mayor facilidad de la que se puede hablar de una película, porque el libro está hecho de palabras; pero la verdad es que un libro no está hecho de palabras, está hecho de sueños e interpretaciones, y es por eso que el arte de contar, de contar las cosas que sentimos, no está en las palabras, sino en lo que las palabras te susurran y acarician, en la forma en la que te seducen.

Ya has leído lo que me ha inspirado esta película, ¿Vas a verla? ¿O no necesitas que te la cuente?

jueves, 24 de agosto de 2017

Águila brava

Estaba en el desayuno, y un aleteo interrumpió todo eso que pasa dentro nosotros y desaparece cuando algo extraordinario toma lugar.

Un águila voló y yo fui tras ella, como siempre voy tras de todo lo que me llama para darme una lección.

Sus alas eran grises y enormes como una capa bastante elegante, llena de ese prestigio que esconde nuestros anhelos de volver a ser lo mejor que fuimos cuando fuimos niños.

Una lluvia de niebe descendía de sus alas grises como si sus alas fuesen dos espejos reflejando enormes y profundas montañas.

Yo pensaba en Lupe, la ardilla, y en tantas cosas que se llevaron mi corazón para dejarme literatura.

Cuando la vi más de cerca comprendí que era un anciano, su cabeza casi no abrigaba plumas, su hermoso pico estaba pegado a un rostro cansado tanto de lo bueno como de lo malo. Y unas bellas garras de oro aferraban ese enorme y agotado cuerpo a la rama de un pino tan antiguo que la hacía ver recién nacida. Era tan triste y tan hermoso. Ella miraba a todas partes, y a veces me miraba a mí, porque yo era en ese momento el vacío que tienen todas las cosas que no tienen explicación.

Miraba cabizbaja, no derrotada, sino como alguien que espera lo inevitable, como alguien que verá este otoño caer las hojas por última vez.

Y dolía, dolía ver eso en medio de tanto hermoso y de tanto verde. Pensaba en que el individuo siempre muere, pero la vida sigue. Y sigue la vida, y sigue lo verde.

Entonces vine a escribir esto, y en mi ventana vi algo que no podía creer a pesar de que podía verlo. Y era otra águila, esta era más bien joven, hermosa y resplandeciente. Fría como las personas que se saben hermosas, vanidosa como a quien no le cabe más juventud y belleza. Los mismos colores, pero mucha más vida por vivir que por dejar atrás.

Y no pude sino pensar en mi padre, en nuestro último abrazo. En cuánto le debo y en cuánto lo pienso. En que llevamos cinco años sin vernos, pero si algún día me llega la noticia de su adiós para siempre. Esos cinco años sin él serían una obsesión, una novela la cuál escribir. Porque escribir para mí es a veces eso, vivir todas las cosas que quise y no pude, porque en esta vida rara vez se puede lo que quieres, al menos que quieras cosas que no vale la pena querer.

Yo pasaré, mi padre también, y hasta puede que leas esto y ya no estemos. Pero viviremos para siempre en todo el que vea la mirada sin miedos de un águila triste en sus últimos vuelos.

viernes, 18 de agosto de 2017

La lluvia, mi niñez, y las manos de mi padre.

                    Con cariño para Mika.

Vivíamos en una casa que construyó mi padre encima de la casa de mi abuela. (Nosotros los latinos y nuestra incapacidad para soltar cosas que nos hacen sentir cómodos y a eso le llamamos amor). Era una vista directo a la autopista, era imposible salir a tomar aire, salías a tomar contaminación y regresabas negrito de mugre a la casa. Excepto cuando llovía.

Al llover mi padre colocaba sus manos sobre el muro del cual colbagan las rejas, y miraba a través de esa blancura enegrecida de la pintura; se ponía a mirar el pasado, como si la lluvia fuese la nostalgia y a través de ella mirase los recuerdos que él llamaba su vida.

Era verlo vulnerable y humano, a él, un hombre tan fuerte, un dios de las palabras. Pensar en el padre que nunca tuvo, en la pobreza que lo vio nacer, en los éxitos tan vacíos, en letras de vallenatos y de poemas. Y lloraba, lloraba despacito, como si le bostezara el alma.

Siempre le preguntaba por qué lloraba, o por qué estornudaba como si fuese a romper los vidreos de los carros con tan estruendoso sonido.

Él reía como mirando su corazón roto y entendiendo que yo no podría entenderlo nunca, no podría entenderlo nunca porque él nunca dejaría que me quedara sin padre y con pobreza, como él se quedó.

Me preguntaba qué sentía yo al ver la lluvia. Yo miré agua cayendo. Y sentí un olor de tierra mojada como que limpiaba y sometía mi alma. Y como siempre, tenía el hábito de decir que no sentía nada cuando sentía algo tan enorme que me daba miedo tener que lidiar con el coraje de afrontarlo.

Él me decía que la lluvia lo hacía sentir triste, y acordarse de un amigo que quería mucho y que se había muerto. Me lo decía con los ojos viendo hacia adentro, como sólo se puede mirar cuando se miran las cosas que se han perdido.

Y desde entonces la lluvia tiene dos significados, uno sin nombre y con olor a tierra mojada. Y está la otra lluvia, la de los ojos de mi padre soñando lo imposible.

¿Y a ti? ¿Qué dolor se te moja cuando llueve?

jueves, 10 de agosto de 2017

Creíste

Creíste que te había olvidado
pero sólo te estaba odiando.

¿Te hago un poema de esos falsos?
De los que dicen que te aman libre
pero sólo es mientras crece el deseo de poseerte.

Aquí no hay víctimas ni culpables.
Tú cuentas tu historia
yo callo la mía.

No es secreto para nosotros
que hablar de ti me da vergüenza
mentiría si te digo que no te extraño
y mentiría aún peor si te digo que estuve orgulloso de ti.

En cuántos poemas habremos de contar nuestra historia.

El comienzo fue simple:
antes de darnos cuenta
ya empezamos a necesitarnos.

Pero tú siempre querías más
y si me hubieras dejado en paz
te habría dado más que más.

Me pusiste a prueba cada día.
Y fallé todas las pruebas.

No te amaba por lo que eras
sino a pesar de lo que sigues siendo.

¿Quién puede amarte por lo que eres?
Cuando lo que eres hasta a ti misma te hace daño.

Qué feliz te ves pretendiendo que eres feliz para negar que estás vacía.

-Tanto como yo desde aquel último día-

Sí, yo también creo que mereces esos poemas que ahora te hacen con mala ortografía.

Prefiero que creas que te olvido.
Te di tanto de mí
que saber que ya no estás mi vida
no deja de representar peligro.

Pero eso no es todo.
Eres también lo hermoso.
De qué voy a arrepentirme.
Si no he mentido nunca acerca de lo que eres.
Te dije lo que era hermoso
te dije lo que no lo era.
Sólo mentí cuando me aburrí de ti.
Cuando peleabas, cuando molestabas,
cuando pretendías que estabas siendo más de lo que merezco, cuando ambos sabemos que estabas tan ocupada probando mi amor, que no te quedó tiempo de amarme.

Siempre te arrepentías de cada hermosa cosa que llegaste a darme.
Eres tan dura por fuera
y por dentro tan cobarde.

Lo cierto, es que no dejo de pensarte.
Ve a poseer al sexo débil.
Controla a toda esa gente que se hace pasar buena, sólo mientras es cobarde.

Yo seguiré siendo para siempre
un hombre imperfecto
sin miedo de dejarte
un hombre fuerte y dominante.

Me cambiaste,
me rompiste,
me hiciste odiarte.

Pero al final
tú sufriste más
porque yo sí llegué a amarte.

martes, 25 de julio de 2017

Qué triste y qué azul.

Me miro al espejo y mis ojos se ven hermosos y tristes
como si esa ausencia se hubiese metido
en donde suele meterse
en el frío
en el miedo
en la sed.

Trajiste trasnocho
y un monton de deseos
más dulces que cualquier verdad.

Ahí está el caballo aquel
que cabalga lejos de mí
porque siente todo lo que pudo y no fue.

¿Y cómo una mariposa tan pequeña te puede acariciar, ahí, en donde duelen las guitarras?

Yo sé que nadie creería que este poema no es para ti,
ni siquiera tú.

Pero juguemos que se puede mentir
juguemos que nunca fuiste
que me duermo temprano
y que soy feliz.
O mejor,
juguemos que estás aquí,
juguemos que fuiste lo que nunca pudiste,
juguemos a que te hago feliz.

viernes, 23 de junio de 2017

El arte de las palabras.

Es curioso, pero me doy cuenta que hay un proceso previo al escribir bastante interesante; y es que, antes de ponerme a escribir, siento que las palabras vienen a mi cabeza, trayendo música, imágenes, bailes, movimientos, aromas. Y esas cosas vienen en orden de nacimiento, sin contradecirse la una a la otra, todas parecen venir sin otra función además de hacerme sumergirme en ese lago que es la consciencia.

Pero luego, me siento a escribir, y nada es lo que estaba en mi mente antes de empezar a expresarlo. Es como si hubiesen dos tipos de palabras, las expresadas y las del silencio, y siempre son más bellas las del silencio. Pero, esas palabras del silencio, son inexpresables, y cada palabra que se escribe, muestra una sombra de ese silencio, pero no lo contiene, porque esa es la delicia de sentir, que sentir es intraducible.

Hay personas que al escribir intentan alcanzar algo, un nivel, una perfección, o un canon de belleza. Porque sí, así como hay cánones de belleza en todas las culturas, también hay canones de belleza en la literatura. Porque recuerden que el mundo de afuera es una manifestación de lo que llevamos adentro, así que si hay desorden y caos a nuestro alrededor, puede ser un síntoma de que hay cosas que necesitamos sanar por dentro.

Ahora bien, por lo que me han contado de Mozart y otros a fines. Ellos tenían una percepción musical de las cosas, una manera de ver el mundo a través de sonidos. Yo creo que al escritor o por lo menos a mí, me pasa lo mismo, sólo que con las palabras. Y no digo esto tratando de vanagloriarme, simplemente creo que es la cualidad de todo talento, me parece que hay más vanidad en negar el talento con falsa modestia para que otro nos lleve la contraria y nos adule, que simplemente aceptar que está ahí como aceptar cualquier hecho.

Casi siempre se tiene la idea de que los genios son vanidosos y viven en un caos. Si ese es un requisito para ser un genio, me parece que es un poco tonto. No creo que el talento de alguien dependa de su incapacidad para afrontar problemas, derivado en la construcción a través de su realidad interna, de un mundo propio que lo refugie del real. Lo que trato de decir es que no creo que nadie necesite, por ejemplo, drogas para expandir su consciencia o experimentar demasiada miseria y sufrimiento para aprender algo. Creo que si eres inteligente, esa inteligencia te puede hacer ver el peligro de las cosas. Así como si vemos un precipicio, sentimos un peligro y nos quitamos, creo que lo mismo puede pasar con las cosas que pertuban nuestra consciencia, y tal vez el principal problema de nuestras vidas es que no nos vemos a nosotros mismos, no nos escuchamos ni observamos, estamos tan interesados de buscar algo prefijado o de huir, que nunca entendemos nada, ni sentimos lo que está a nuestro alrededor.

Sigo pensando en lo de las drogas para expandir la consciencia, la verdad no creo que la consciencia pueda expandirse. Lo que pienso es que si uno se droga, pues está drogado, y podemos darle nombres fabulosos a las cosas que sentimos, pero esto sería como decir que por apagar la luz el mundo deja de existir.

Pero volviendo al tema de escribir, la sensación que me produce es que hay algo en mi mente, y ese algo lo quiero expresar, lo quiero comunicar, y nunca lo consigo, pero mi tarea es hacer que la distancia entre lo que digo y lo que quiero decir, se reduzca al máximo. Y allí creo que tocamos el punto de la habilidad. Es decir, el talento es innato, en mi caso, la primera vez que me atreví a hablarle a una chica (De hecho, ella tuvo que hacer hasta lo imposible por acercarse a mí, debido a que yo era espantosamente tímido.) ya le estaba escribiendo poemas, e inventando historias de amor con ella, y mientras los otros muchachos de mi edad se hacían novios de las chicas para aprender a besar o para engañarlas y tener sexo con ellas, yo estaba convencido de que a esa chica la iba a amar para siempre a pesar de que ella no sentía lo mismo. Al contrario, a ella le parecía que yo simplemente era un niño guapo por ser muy blanco y tener rizos y un enorme culo.

Otra cosa que me hace sentir que el talento es innato, es el hecho de que al leer mi primer libro, a los 15 años, lo primero que sentí es que quería escribir libros, y usar las palabras para expresar las cosas profundas que necesitaban expresarse porque era indispensable que no muriesen en el silencio de las cosas que se van como si jamás hubiesen pasado.

Lo innato, es aquello que no puede incrementar con la práctica, que no se puede mejorar, que no depende de nuestros esfuerzos. Escribir no me hace ser más sensible ante las cosas hermosas, y esa sensibilidad, en cambio, sí es la que me hace escribir. Yo no decido ni elijo que me guste escribir, o que me encante leer, o que el olor de los libros me fascine tanto como el de una mujer amada, o que al escribir el tiempo se me pase como si para morir en palabras hubiese nacido. Y esa es la belleza, lo inmedible, lo incontrolable.

Controlar, el deseo de prolongar lo bello y hermoso, de hacerlo perdurar en el tiempo, lejos de lograr su objetivo, lo daña por completo. El momento en el que somos conscientes de que algo es hermoso, deja de serlo. Para explicar esto mejor, contaré una historia. Bien, estaba con una persona caminando por el bosque, yo le señalo a esa persona una bella flor, y esa persona dijo que era hermosa, y luego, empezó a hilar un monton de recuerdos relacionados a flores y todo lo demás. Mi punto es, que no observamos para sentir, sino para asociar, y ese proceso de asociación, de comparar todo lo que vemos con lo que está en nuestra memoria, no nos deja sentir por completo el aroma de la flor, y su color, y en sí, su belleza.

Pero todo tiene su respectivo lugar, el lenguaje es una ciencia, es matemática, es lógica, es un orden. Sin las leyes del lenguaje no podríamos entendernos, y me parece que allí es donde toma lugar la habilidad, que es, al fin y al cabo, lo que permite expresar lo que va más allá de las palabras. Muchos amigos que escriben, dan por sentado que lo que uno está leyendo, es lo que ellos tienen en su mente. Y no es así, uno lo que tiene frente a los ojos es un desastre de palabras que no refleja nada de lo que ellos tenían dentro antes de escribir. Y es allí donde la habilidad toma lugar. La práctica no te hace sentir, te hace expresar lo mejor posible lo que sientes. Porque las palabras son herramientas, y lo realmente esencial, no son las palabras, sino lo que va más halla de las palabras. Y ese creo que es el balance, las palabras como instrumento, para ir a lo que se esconde más allá de ellas.