martes, 25 de julio de 2017

Qué triste y qué azul.

Me miro al espejo y mis ojos se ven hermosos y tristes
como si esa ausencia se hubiese metido
en donde suele meterse
en el frío
en el miedo
en la sed.

Trajiste trasnocho
y un monton de deseos
más dulces que cualquier verdad.

Ahí está el caballo aquel
que cabalga lejos de mí
porque siente todo lo que pudo y no fue.

¿Y cómo una mariposa tan pequeña te puede acariciar, ahí, en donde duelen las guitarras?

Yo sé que nadie creería que este poema no es para ti,
ni siquiera tú.

Pero juguemos que se puede mentir
juguemos que nunca fuiste
que me duermo temprano
y que soy feliz.
O mejor,
juguemos que estás aquí,
juguemos que fuiste lo que nunca pudiste,
juguemos a que te hago feliz.

viernes, 23 de junio de 2017

El arte de las palabras.

Es curioso, pero me doy cuenta que hay un proceso previo al escribir bastante interesante; y es que, antes de ponerme a escribir, siento que las palabras vienen a mi cabeza, trayendo música, imágenes, bailes, movimientos, aromas. Y esas cosas vienen en orden de nacimiento, sin contradecirse la una a la otra, todas parecen venir sin otra función además de hacerme sumergirme en ese lago que es la consciencia.

Pero luego, me siento a escribir, y nada es lo que estaba en mi mente antes de empezar a expresarlo. Es como si hubiesen dos tipos de palabras, las expresadas y las del silencio, y siempre son más bellas las del silencio. Pero, esas palabras del silencio, son inexpresables, y cada palabra que se escribe, muestra una sombra de ese silencio, pero no lo contiene, porque esa es la delicia de sentir, que sentir es intraducible.

Hay personas que al escribir intentan alcanzar algo, un nivel, una perfección, o un canon de belleza. Porque sí, así como hay cánones de belleza en todas las culturas, también hay canones de belleza en la literatura. Porque recuerden que el mundo de afuera es una manifestación de lo que llevamos adentro, así que si hay desorden y caos a nuestro alrededor, puede ser un síntoma de que hay cosas que necesitamos sanar por dentro.

Ahora bien, por lo que me han contado de Mozart y otros a fines. Ellos tenían una percepción musical de las cosas, una manera de ver el mundo a través de sonidos. Yo creo que al escritor o por lo menos a mí, me pasa lo mismo, sólo que con las palabras. Y no digo esto tratando de vanagloriarme, simplemente creo que es la cualidad de todo talento, me parece que hay más vanidad en negar el talento con falsa modestia para que otro nos lleve la contraria y nos adule, que simplemente aceptar que está ahí como aceptar cualquier hecho.

Casi siempre se tiene la idea de que los genios son vanidosos y viven en un caos. Si ese es un requisito para ser un genio, me parece que es un poco tonto. No creo que el talento de alguien dependa de su incapacidad para afrontar problemas, derivado en la construcción a través de su realidad interna, de un mundo propio que lo refugie del real. Lo que trato de decir es que no creo que nadie necesite, por ejemplo, drogas para expandir su consciencia o experimentar demasiada miseria y sufrimiento para aprender algo. Creo que si eres inteligente, esa inteligencia te puede hacer ver el peligro de las cosas. Así como si vemos un precipicio, sentimos un peligro y nos quitamos, creo que lo mismo puede pasar con las cosas que pertuban nuestra consciencia, y tal vez el principal problema de nuestras vidas es que no nos vemos a nosotros mismos, no nos escuchamos ni observamos, estamos tan interesados de buscar algo prefijado o de huir, que nunca entendemos nada, ni sentimos lo que está a nuestro alrededor.

Sigo pensando en lo de las drogas para expandir la consciencia, la verdad no creo que la consciencia pueda expandirse. Lo que pienso es que si uno se droga, pues está drogado, y podemos darle nombres fabulosos a las cosas que sentimos, pero esto sería como decir que por apagar la luz el mundo deja de existir.

Pero volviendo al tema de escribir, la sensación que me produce es que hay algo en mi mente, y ese algo lo quiero expresar, lo quiero comunicar, y nunca lo consigo, pero mi tarea es hacer que la distancia entre lo que digo y lo que quiero decir, se reduzca al máximo. Y allí creo que tocamos el punto de la habilidad. Es decir, el talento es innato, en mi caso, la primera vez que me atreví a hablarle a una chica (De hecho, ella tuvo que hacer hasta lo imposible por acercarse a mí, debido a que yo era espantosamente tímido.) ya le estaba escribiendo poemas, e inventando historias de amor con ella, y mientras los otros muchachos de mi edad se hacían novios de las chicas para aprender a besar o para engañarlas y tener sexo con ellas, yo estaba convencido de que a esa chica la iba a amar para siempre a pesar de que ella no sentía lo mismo. Al contrario, a ella le parecía que yo simplemente era un niño guapo por ser muy blanco y tener rizos y un enorme culo.

Otra cosa que me hace sentir que el talento es innato, es el hecho de que al leer mi primer libro, a los 15 años, lo primero que sentí es que quería escribir libros, y usar las palabras para expresar las cosas profundas que necesitaban expresarse porque era indispensable que no muriesen en el silencio de las cosas que se van como si jamás hubiesen pasado.

Lo innato, es aquello que no puede incrementar con la práctica, que no se puede mejorar, que no depende de nuestros esfuerzos. Escribir no me hace ser más sensible ante las cosas hermosas, y esa sensibilidad, en cambio, sí es la que me hace escribir. Yo no decido ni elijo que me guste escribir, o que me encante leer, o que el olor de los libros me fascine tanto como el de una mujer amada, o que al escribir el tiempo se me pase como si para morir en palabras hubiese nacido. Y esa es la belleza, lo inmedible, lo incontrolable.

Controlar, el deseo de prolongar lo bello y hermoso, de hacerlo perdurar en el tiempo, lejos de lograr su objetivo, lo daña por completo. El momento en el que somos conscientes de que algo es hermoso, deja de serlo. Para explicar esto mejor, contaré una historia. Bien, estaba con una persona caminando por el bosque, yo le señalo a esa persona una bella flor, y esa persona dijo que era hermosa, y luego, empezó a hilar un monton de recuerdos relacionados a flores y todo lo demás. Mi punto es, que no observamos para sentir, sino para asociar, y ese proceso de asociación, de comparar todo lo que vemos con lo que está en nuestra memoria, no nos deja sentir por completo el aroma de la flor, y su color, y en sí, su belleza.

Pero todo tiene su respectivo lugar, el lenguaje es una ciencia, es matemática, es lógica, es un orden. Sin las leyes del lenguaje no podríamos entendernos, y me parece que allí es donde toma lugar la habilidad, que es, al fin y al cabo, lo que permite expresar lo que va más allá de las palabras. Muchos amigos que escriben, dan por sentado que lo que uno está leyendo, es lo que ellos tienen en su mente. Y no es así, uno lo que tiene frente a los ojos es un desastre de palabras que no refleja nada de lo que ellos tenían dentro antes de escribir. Y es allí donde la habilidad toma lugar. La práctica no te hace sentir, te hace expresar lo mejor posible lo que sientes. Porque las palabras son herramientas, y lo realmente esencial, no son las palabras, sino lo que va más halla de las palabras. Y ese creo que es el balance, las palabras como instrumento, para ir a lo que se esconde más allá de ellas.

miércoles, 7 de junio de 2017

Tu sonrisa es un cielo despejado.

El cielo era pálido, enorme, como si una gigantesca nube blanca estuviese ocultando el universo. Caían gotas suaves, largas, leves, como el hálito de algo hermoso que no se puede nombrar. "Cuando el clarín de la patria llama hasta el llano de la madre calla", le dije, recordando una frase que alguna vez mi madre me contó, una de esas frases aleatorias y sin sentido que vienen a la mente cuando llueve de forma tan delicada. La manifestación desordenada de los recuerdos, ese es un hábito común en los desterrados, una especie de nostalgia sin anhelos, una manera de olvidar todo lo que una vez fue tu hogar a través de recordarlo de una forma tan vaga y hermosa que pareciese que nunca hubiese pasado sino que lo soñaste. 

A ella le gustaba este hábito mío, me miraba como si nunca hubiese existido nada tan hermoso antes de mí, y yo me sentía amado, amado de esa forma que sólo puede ocurrir cuando eres absolutamente vulnerable, cuando sientes que podría pasarte cualquier cosa espantosa, hasta envejecer, y esa mujer seguiría a tu lado pensado que eres lo mejor que le haya podido acontecer en la vida. 

Estábamos solos, sumergidos en esa dicha que sólo tienen los amantes que se sienten completamente entregados y libres de cualquier tipo de interrupciones. Ella tenía una franela mía que le llegaba apenas a los muslos, y debajo no había más que una hermosa ropa interior negra invisible debido al delirio que me producían sus piernas. Se veía tan hermosa que no sabía si le acababa de hacer el amor o estaba apunto de hacérselo, y me encantaba perder la noción del tiempo al mirarla.

Afuera el cielo se hallaba tan pálido, pero su sonrisa sin mostrar los dientes era lo más parecido que he visto a un cielo azul de verano cuando se encuentra despejado. Sus ojos me ardían en el pecho como la voz de un pájaro. Le dije las palabras más bellas que hallé para describirla, pero uno no puede mirar a los ojos a una mujer que ama sin sentir que todo lo que le dices es una mentira, que las palabras pertenecen a otro mundo, el mundo de los que temen estar solos y a ese miedo le llaman amor, pero en cambio este silencio era tan como esa lluvia, estos ojos de voz de pájaro, esta sonrisa de cielo despejado... 

No te amo, ¿sabes?, no, no te amo. Decir que te amo es llenar este nacimiento de ayeres muertos y pesados, pero tú eres tan gris como este cielo y hay más dicha en el frío de tu cuerpo y en el ardor de tu alieno de la que hay en cualquier símbolo o significado.

Ella me dijo que tenía frío, y muy pocas cosas me estremecen tanto como cuando ella me dice eso y lo puedo ver en su piel de pasto acariciado por la brisa. La desnudé, porque cuando mi mujer tiene frío yo la despojo de todo abrigo que no sea el de mi piel; la acosté, la puse boca arriba, abría sus brazos como dos alas y contemplé por unos instantes su cuerpo, dejando que mi cuerpo se desbordara de ganas de poseerla mientras la miraba. Cada detalle de su cuerpo, cada uno de los rincones que me pertenecen; y me detenía en la magia envolvente de sus areolas y pezones que me fascinan mucho más durante el frió.

Y para qué contarte que la llené de besos, que me encanta el sabor de sus senos, que antes de que me diera cuenta ya ella estaba sobre mí, y nos mirábamos a los ojos siendo uno, mirándonos como nunca nadie se ha mirado, ni siquiera nosotros mismos.

Y dime, para qué te cuento eso, si tú también estuviste ahí... 

sábado, 3 de junio de 2017

Capítulo uno: el encuentro.

Los amores se sustentan de la ilusión, en cambio, esos instantes de inmensidad en el bosque, son vivos, van más allá de todo lo que pueda crear la imaginación.

Desde el primer momento en el que se conocieron, él sintió que caía en un abismo, y las cosquillas de ese salto le hacían sentir agradecido por no saber volar, por no poder resistirse a esta caída.

Quizá por puro hábito, la ignoró; él tenía la costumbre de ignorar deliberadamente a las personas hermosas, en especial si estas se mostraban muy interesadas en coquetear con él, cosa bastante frecuente. Él era un hombre muy fuerte, con un rostro de facciones muy finas y masculinas, un ser que tenía más relación con la naturaleza que con la sociedad, y que no salía de su casa sin un libro, y aprovechaba cada momento para leerlo, lo que le hacía casi inaccesible para las personas que querían llevarlo a la cama, y cuya única puerta de acceso era ese libro, debido a que era donde se posaba toda su atención cada vez que se hallaba en sociedad.

Ella trabajaba en el hotel donde él se hospedaba, la bella isla de Margarita representaba para él un cambio de clima, salió de los profundos bosques y de las cuatro estaciones del año, para encontrarse en una tierra de verano, arena, y mar.

Le gustaba ir a leer al mar, y llevarse un libro consigo, enterrar sus pies en la arena y sentir que esa calidez era el amor incondicional que reciben los niños con suerte. Le costaba abrir su libro, casi toda la atención se iba en la contemplación del mar.

Luego de eso iba al hotel, y cada vez que estaba leyendo en el comedor, sentía unas cosquillas en su estomago que lo forzaban a dejar de leer, entonces miraba a su alrededor, y en cuestión de segundos, aparecía ella, y esa conexión más allá de las palabras, incluso del lenguaje, lo dejaba anonadado. Ella simplemente pasaba y él sentía que todo era perfecto, sólo porque ella estaba caminando.

Pasaron por muchos encuentro sin palabras, entre ellos se entretejía una historia de amor que se escribía en cada uno de los rincones de aquel hotel en donde se topaban. Él no conocía los hábitos o rutinas de ella en ese trabajo, simplemente sabía donde encontrarla siguiendo esas cosquillas, ese instinto que lo llamaba; un instinto tan perdido entre los humanos pero que en su bosque lo podía ver en cualquier momento y maravillarse, porque estaba presente en todo el mundo animal. "Tal vez las palabras nos alejan de ese instinto", pensaba, al sonreír por sentir las cosquillas cerca y saber que la mujer destinada para él estaba por aparecer.

Sin darse cuenta, como nacidas de esas cosquillas y no de su proceso mental, pronunció las primeras palabras que resonarían el resto de sus vidas en las consciencias de cada uno:

-Todo es perfecto cuando tú caminas.

A lo que ella respondió con un estornudo, y empezó a reírse de una forma muy tierna, y su riza se fue disipando por comentarios con un tono burlesco y un excesivo uso de palabras obscenas que parecían transformas el comienzo de su primer diálogo y darle un tono bastante humillante para él.

Cuando él sintió su risa, sus cosquillas llegaron a niveles nunca antes alcanzados, estaba al borde de perder el aliento y morir físicamente de tanta dicha. Pero ella empezó a decir esas cosas que suelen decir las personas cuando no entienden la belleza del momento y terminan arruinándolo por completo debido a que sus reacciones lejos de darle continuidad al encantamiento y dejarse someter por él, lo exterminan por completo, como si fuese necesario explicar las cosas y darles un sentido antes de empezar a vivirlas, una incapacidad total para la improvisación, cosa muy frecuente en las personas de la urbe y en cambio ese instinto de improvisación es tan indispensable y desarrollado en todos los que viven en total contacto con la naturaleza.

Él se retiró bastante avergonzado e irritado, sin pronunciar palabra alguna luego de la primera y única frase que desarrolló tanta emoción y que ella transformó involuntariamente en tanta humillación, y cuando se marchaba sin despedirse ni dar explicaciones, ella vio claramente en su rostro que había dicho o hecho algo terrible y que le era imposible saber por qué, pero que debía hacer algo de inmediato, y como en esos momentos en donde no pensamos en que lo que hacemos es rogar, o peder el orgullo o algo que no haríamos por nadie, ella simplemente pronunció las primeras palabras que nacieron de sus cosquillas y no de su intelecto; las primeras palabras no pensadas sino sentidas con todo su ser, sus huesos, su sangre y su piel; las primeras palabras que hacían encender la llama destinada a someterlos a ambos, debido a que cualquier comentario que no fuese nacido de este impulso, estaba destinado a destruirlo por completo.

Y fue entonces cuando le dijo:

-Oye, espera, ven.

Fueron pronunciadas en un tono tan dulce, tan hermoso, tan demandante pero a la vez tan entregado, el tono de su voz le decía "Ven, yo también te necesito, yo tampoco me lo explico, pero sin conocerte ya no puedo vivir sin ti."

Ese tono era tan distinto a aquel primero que pretendía saberlo todo, que traducía su atracción mutua a un lenguaje tan burdo, tan corriente, arrojando la belleza inefable que los juntaba a un terreno en donde no podía más que perecer.

Y fue entonces cuando el se detuvo, y por primera vez desde que se hospedaba en el hotel ella lo vio sonreír, y fue la única vez en toda su vida en donde ella sintió por un instante que era capaz de entender todas las cosas sin necesidad de explicárselas mientras fuera capaz de sentir esa sonrisa. Y él al ver esa mirada tan hermosa, evidentemente producida por su propia belleza, bajo sus enormes pestañas y totalmente sonrojado se dio la vuelta y se esfumó, sintiendo que iba a morir de tantas cosquillas y del fuerte palpitar de su corazón.

sábado, 6 de mayo de 2017

Hay adioses que es mejor callarlos.

Él despertó junto a la mañana y salió a escuchar el trino de los pájaros. Estaba perdido en la maravilla que es sentir los tonos de todos los colores sin ponerles nombres, su mirada se hallaba fijada involuntariamente en una gota de rocío encima de un trebol. Entonces la vio a ella, venía regresando borracha de la noche, y en ese momento comprendió que nunca volvería a ser capaz de sentir nada por ella que no fuese lástima. No quiso mirarla, no quiso que sintiese que él se creía superior a ella sólo por no necesitarla -que era un hecho-, y dejó que el sentir de la fresca mañana se convirtiera en la muerte de la violencia inherente de los deseos y sus contradicciones.

Ya no eres ni un deseo frustrado, pensó, ahora eres sólo lástima, así que será mejor hacerte creer que no eres nada

domingo, 26 de marzo de 2017

Relato: Una breve historia de amor con Lupe.

Tomé un abrigo que se hallaba en un lugar que no era el adecuado, observé la belleza de la rosa que se encuentra en mi mesa de leer alrededor de varias botellas empezadas (me gusta el sonido que hacen al triturarlas antes de arrojarlas a la basura, y por eso dejo que se acumulen para hacerlo varias veces a la vez) su color era tan profundo, un rojo sombrío, pocas cosas son tan enigmáticas como el color rojo cuando es producto de la naturaleza y no algo artificial. 

Observé los libros en la ventana, y me di cuenta que cuando el cielo está nublado sus portadas no se ven tan hermosas. Por lo general al ver las portadas uno siente algo así como el deseo de leerlos todos a la vez, y junto a ese deseo, el miedo de que tal vez la vida o la muerte no consideren que ese deseo se deba satisfacer, y uno se siente como regresando de sumergir la mirada en un abismo sin fondo, luego de contemplar todas las posibilidades que podrían impedir la lectura de todos esos libros.

Al abrir la puerta resaltaban las ramas rojas del árbol del fondo a la izquierda, esas ramas ruborizadas resaltaban de inmediato en medio de tanto verde. La mirada se fue a la ventana, como despidiéndose con un suspiro de los trescientos libros. El canto de las aves era intenso pero no cercano, estaban todas bebiendo la ausencia de sol desde la copa de los árboles.

La dirección del caminar se fue hacia la salida más cercana a la calle principal, y pensé en la ardillita Lupe, y me pregunté si me estaría viendo aunque sea por lo menos en uno de sus frecuentes sueños. 

¿Les conté cómo conocí a la pequeña Lupe? un día me hallaba trabajando, y estaba descansando del espantoso y ensordecedor sonido de las máquinas, y ella pasó junto a mí, como esas cosas que te pasan por un lado y sientes que nunca habías visto una cosa tan hermosa caminar sobre la tierra. Saltaba en vez de correr, su gracia era tan evidente como imposible de pasar por alto, saltaba con las dos patitas del frente sumergidas en su pecho, y las desenredaba para caer apoyada en ellas. Y seguía y seguía y en cada salto yo la sentía. No podía verme porque las ardillas sólo ven los movimientos. Estaba actuando tan natural y despreocupada, muy pocas cosas en el mundo podemos decir que son hermosas cuando nadie las está viendo, pero sin duda Lupe es una de ellas. Yo estaba inmóvil, paralizado ante tanta belleza, y de vez en cuando tosía pero la brisa no le permitía a Lupe escucharme.

Luego retomó su elegante saltar que era su forma de llegar a todas partes, oh, sí, cada uno de sus suaves rasgos indicaban que era un pequeña, subía al árbol como nunca vi a otra de las ardillas subirlos, con el mismo movimiento de su salto, de dos en dos, como si sus patas delanteras y las traseras fuesen dos en vez de cuatro, y se le sentía tanta energía y tanta belleza.

Las ardillas suelen tener una energía que las pone ansiosas, muchas mañanas luego de un mal sueño he sentido envidia por ellas. Nunca me he drogado porque nunca he querido tener dueño, pero a veces uno se siente tan agotado desde el comienzo del día que sin darse cuenta se halla desesperado. Pero Lupe me mostró el secreto, luego de su primer caminar, el que le dio origen a nuestra historia de amor, ella se sentó encima del tronco cortado de un árbol (que debí cortar hace unos años debido a que estaba enfermo y su existencia ya no enriquecía a los demás árboles). En ese tronco ella se veía como una de las obras de arte más hermosas que ningún humano jamás podrá realizar, y yo estaba maravillado por todas esas cosas que no puede crear el pensamiento. Luego de unos instantes, Lupe quedó dormida, con los ojos abiertos, como agotada de toda la belleza que hace con el sencillo hecho de estar despierta y viviendo. Y luego cuando se dirigió al segundo árbol, aquel en donde confirmé que era una señorita, volvió a quedarse dormida. Las ardillas se duermen con los ojos abiertos, es como si se desconectaran, y su mirada es vacía, no es una mirada sino la ausencia de esta, como la de un rostro albergado de pensamientos. 

Lupe despertó y empezó a sentirme, si hubiese sido un macho habría huido, pero las hembras siempre son más curiosas. Y a pesar de que su mirada reflejaba terror, su curiosidad era más fuerte, y no podía moverse, inquietada con mi presencia y mi intensa mirada, tal vez podía sentir además mi sonrisa de placer por tenerla aterrada, sonrisa de placer por el sencillo hecho de que sería incapaz de hacerle daño, pero me encantaba gozar de la manifestación de sus sensaciones. 

Ella estaba aterrada pero su instinto le dejaba claro que era un macho, aunque no sabía de qué especie, y como era primavera no supo hacer nada mejor que dejar caer su enorme cola, hondeándola vehementemente emitiendo una especie de grito silencioso en medio de la enorme rama, y sus excrementos de roedor caían siendo golpeados por ésta, para esparcir el aroma del llamado del amor. Pero era un llamado que yo no podía responder, sino contemplar, maravillado, al borde de unas inexplicables carcajadas de emoción por ver a la naturaleza misma manifestándose frente a mis ojos.

Lupe entró en terror, si ese no era un macho entonces qué sería. Y empezó a emitir un sonido bastante horrible y alarmado, el aire de su pequeño cuerpo se acumulaba en unas fosas nasales deliberadamente obstruidas para componer ese ruido de espanto. Lupe demandaba una respuesta. Lo más inteligente hubiese sido irse, para preservarse (a pesar de no haber peligro), pero la curiosidad le impedía hacerlo.

El ruido no cesaba, y empezaba a ser agresivo, de ataque, y como es el caso usual en las hembras, en cuánto más tratan de ocultar el miedo, es cuando uno más evidentemente puede confirmar que lo tienen.

Ya empezaba a aburrirme de Lupe, porque ya me había visto, y no iba a asustarme un animal que por más asustado que esté, no tenía la capacidad de ser peligroso. La belleza de Lupe se había vuelto tan ausente como mis ganas de dejar que siguiera asustada, y me retiré a las labores de un día azul de primavera.

Volví a verla el día que Henry, a quien le decimos por cariño "el carajito e'l coño", vino a visitarnos. Me hallaba solo (al menos que ustedes como yo consideren a un libro de Poe una compañía), y ella estaba caminando de una forma nueva, con su nariz pegada en la tierra, moviendo la pata izquierda delantera junto a la derecha trasera, y luego lo mismo con las dos restantes, pasando indiferentemente sobre unos pajaritos que salieron volando, y sus agudos sentidos me maravillaron, pasando entre tantas ramas tan delgadas y amontonadas, y no tocando ni una sola. Cuando mi mirada distraída volvió a buscar a Lupe, como acordándose de una idea que no se dijo completa, Lupe había desaparecido, y seguí leyendo en medio de tanto azul y tanto verde.

Lupe terminó apareciendo, descendiendo de un árbol bastante retirado, y quedé fascinado al recordar que ellas se mueven más ágilmente en las alturas de las ramas que en el verde del piso, las ramas son las alas y los árboles su forma de volar. Bajó hasta una enorme rama, y lo que vi fue lo último que me esperaría ver, dejó caer sus cuatro patas encima de la gorda rama, y empezó simular los rituales del amor, elevando su cola como una bandera poseída por el viento, y luego cayendo desfallecida mientras el resto de su cuerpo se hallaba en la misma posición en la que se ejecutó el acto del amor.
Luego los pasos de unos vecinos interrumpieron su sueño de ojos abiertos, y desapareció entra las ramas.

Luego de unos siglos de Poe que tomaron espacio en un cuarto de hora, Lupe reapareció en la rama de un árbol cercano, contemplándome como si me amara. 

Pero en el paseo de hoy Lupe no estuvo, y las verdes enredaderas colgantes se balanceaban sobre los árboles, y me detuve otro momento antes de tomar el camino de la carretera, escuchando los pequeños gorriones alimentar a sus hijos. Y pensé en que tal vez nunca vuelva a ver a Lupe, o si la veo me odie por no ser una ardilla y no servirle de nada, lo que nos hace animales distintos es que ella no puede apreciar algo hermoso en sí mismo, para ella sólo existen las cosas que le sirven y son útiles. Lupe es indiferente a la belleza que produce y que no existiría sin ella.

En la carretera una extraña sensación bañaba mi rostro, olas cálidas de viento se mezclaban con otras bastante frías, y ambas parecían hacer el amor sobre mis mejillas, ruborizándome sin poder verlas pero sí sentirlas. A lo lejos un árbol de flores blancas con tonos violeta estallaba de belleza frente a mis ojos. Más adelante encontré un árbol de ramas secas que parecían una lluvia muerta y congelada, y de él empezaban a nacer blancas flores con un tono rosado, y las lágrimas inundaron mi rostro antes de que pudiera darme cuenta. De regreso vi a un árbol de cerezos que había sido asesinado por la última nevaba, y al verlo con cuidado me di cuenta de que nuevas flores le empezaban a nacer, y esa sensación de alegría e irracional esperanza sin esperas me colmaban como pocas cosas el sentimiento. No recuerdo cuántas horas me duró la sonrisa, las eternidades caben todas en un suspiro frente a un árbol de cerezos.

Seguí caminando y el primer árbol volvió a estallar sobre mis ojos, como si no lo hubiese visto, como si no lo estuviese escribiendo sino viendo en este momento, y se manifestaba imponente, en medio de verdes arbustos y al frente de la preciosa casa de finas piedras de mis vecinos.

Seguí caminando y me sentí tan feliz de ver las flores amarillas que sobrevivieron la nieve, como protegidas por su poderosa pero frágil belleza, y verlas brillar era más hermoso que cualquier refugio. Luego caminé y vi a mis vecinos, los que tienen a Dacota, la perra de uno de mi relatos, pero estaban demasiado ocupados y yo tenía pocos ánimos de no darme cuenta de ello. Contemplé a mi izquierda los arbustos amarillos, y me sentí tan triste al ver que se había desvanecido por completo su color de recién nacidos. La belleza es tan efímera y eso es lo único que la hace verdadera. 

Luego iba caminando y mis párpados empezaban a caer, porque es agotador ver con tanta intensidad todo lo que está a tu alrededor, y al bajar la mirada vi una bella flor del monte a la que se le empezaban a asomar unos preciosos pétalos amarillos, temblaba por la brisa y por el frío que hacía debido a que el sol se desvanecía, fríamente, como si nunca pensara volver, que es su forma diaria de desaparecer en primavera. 

Me senté y me quedé mirando bailar de frío a la flor, y con una sonrisa decidí nombrarla Laura porque era tan bella que parecía tener su raíz en el infierno y porque todas las cosas son tuyas cuando les das un nombre. Me levanté, y mi última visita de hoy fue para un joven árbol de flores blancas, que contemplé con una agotada sonrisa, y luego me devolví a casa, realmente exhausto de tanto ver. 

De regreso escuché a mi vecino, (el que cree que es dueño de Dacota, pero parece al revés), y no lo pude ver; luego pensé en que me sentía cansado, y levanté la mirada justo en el momento en el que sus ojos me reconocían, y su rostro dibujaba una preciosa sonrisa de chocolate que me llenó el abdomen de cosquillas, y yo respondí con una sonrisa tímida, avergonzada tal vez de que con mi acento y mi timidez la palabra "Hi" se exclame de forma tan estúpida. Ambos levantamos nuestras manos, la mía bajó rápidamente, la de él parece aún no haber bajado.

Seguí caminando pensando en lo mucho que alguien puede amarte por rescatar a su preciosa loba siberiana, y en ese momento me asomé a los gigantes pinos percatándome de la presencia de los halcones, eran demasiado y enormes, parecía que ese pino en particular tuviera la capacidad de hacerlos nacer como si fueran sus frutos. (¿Lupe me estará soñando mientras escribo esto?). Eran como unos cincuenta o tal vez más, pero no puedo culparlos por elegir como hogar la casa de la única persona en este bosque que sabe cómo volar. 





martes, 7 de marzo de 2017

Algunas mujeres son alguien, otras son algo.

Cuando uno habla de mujeres, a veces habla de alguien, y a veces de algo. Me imagino que con los hombres puede pasar lo mismo, pero ese es un tema que le corresponde tratar a quien desee hombres, yo sólo puedo hablar de mujeres porque es lo que me interesa.

Hay mujeres que son algo y hay mujeres que son alguien, y pensar que uno es mejor que el otro, que ser objeto es un insulto y ser alguien una virtud, es realmente inexacto. Todas las mujeres son algo y son alguien, en el aspecto sexual son algo, en todos los demás aspectos, son alguien. Y me parece que esto es lo que en ciertos estudios científicos se divide entre amor y deseo, y que, según esos estudios, son incompatibles.

Es decir, siempre que deseas a una mujer deseas a un objeto, tú ves senos, pero son las imágenes que esos senos desatan las que encienden el deseo. En este caso, nos referimos al tema psicológico, porque en el tema biológico, es totalmente distinto.

En el aspecto biológico, no somos conscientes de las reacciones que ocurren en nuestra actitud ante el estimulo sexual, está en nuestra naturaleza evolutiva, cuando un hombre le sonríe a la mujer de las tetas grandes o cuando una mujer es inusualmente amable con el chico atractivo, no somos conscientes de ello, es un mero instinto reproductivo que toma lugar en nuestra mente apenas ocurre.

Hay quienes han sugerido que Raga es un enfático promotor del poliamor, y no hay nada más inexacto que eso, debido a que en primer lugar, el término "poliamor" me parece no más que un eufemismo para referirse a la poligamia. El amor no tiene nada que ver con lo sexual, e identificar al amor con el apego sexual no es más que algo creado por la cultura. El amor es la forma en la que nos relacionamos con todo a nuestro alrededor, como sentimos las cosas que pasan mientras pasan. Pero eso nunca lo descubrimos porque el sexo es el centro de nuestra existencia, y casi todo lo que se hace al hablarse del amor, se trata del sexo y su importancia para nosotros.

En los estudios arriba mencionados, muchas mujeres reprimen los estímulos biológicos, en parte por educación y en parte -esto no es preciso- por el instinto, que se debe a que la hembra es fecundada, y por lo tanto, necesita tener al mejor fecundador, tener muchos fecundadores no es tan importante como tener al adecuado. En cambio, aparentemente, el macho a desarrollado un instinto de que mientras más mujeres fértiles, más seguridad tiene de reproducirse. Esto es muy instintivo, y los seres humanos somos mucho más complejos, y para entendernos hay que ahondar más profundamente, pero simplemente lo que quiero reflejar es que somos demasiado complejos como para andar tratando de definirnos. Definir no es comprender, a pesar de que se tenga la noción común de lo contrario.

Entonces, hay mujeres que uno recuerda en forma de objeto, por unos senos preciosos e interminables, por un tono de piel que te enciende, por sonrisas y gestos y manos que se tatúan en la memoria. Y este encuentro ocurre como el que puede ocurrir con un paisaje, es algo fácil, es algo simple. Por otro parte, cuando recuerdas a una mujer como alguien, recuerdas su complejidad, las historias que les entrelaza, la felicidad y por supuesto, las desdichas.

Las mujeres que son algo no es que no te importen, simplemente te importan de una forma diferente. Hay muchas cosas que influyen:

1) Incompatibilidad intelectual: Si a ti te gusta quedarte en casa y ella prefiere hacer cosas que a ti te aburren, y viceversa, es natural que no sientas tanto interés en su personalidad como en los encantos de su belleza, que son un hecho innegable, tanto como el hecho de su incompatibilidad. Es decir, lo que veo en ti es la belleza femenina, la contemplación y admiración, pero tu personalidad no es un libro que me mantenga sumergido línea por línea, y eso no está mal, muchas de las cosas hermosas se hallan en cosas sencillas. Lo que si estaría mal sería mentir e ilusionar para aprovecharte de esta persona, usarla, y lastimarla deliberadamente. Por lo tanto, esa persona es algo, como lo es una flor, un árbol, un atardecer, y pueden pasar momentos hermosos juntos. Ella sintiéndose hermosa y deseada a través de tus poemas, tú cediendo a los llamados de la inspiración.

2) Imposibilidad para enhebrar historias: Si una persona se halla casada, con hijos, y responsabilidades, definitivamente tu inteligencia instintivamente va a decirte que todo lo hermoso que ocurra con esta persona va a pasar a mediano plazo, ¿por qué? porque los deseos se vuelven destructivos cuando entran en contradicción. Lo que sientes (de tener un intelecto sano) es que la deseas, es hermosa, y te inspira; que el matrimonio no tiene sentido, y que la belleza se llama a sí misma a manifestarse a través de ustedes, pero que esa persona se haya en esa etapa en la que las personas no tienen energía para revolucionar sus vidas, y lo máximo que pueden hacer es huir de ellas, y llegará un momento en el que te des cuenta de que eres un escape para esa persona, y luego esa persona va a darse cuenta de que por más que quiera depender de ti, eso no va a salvarle de su vida, porque su vida es una máquina que genera conflicto y frustración, y tú eres sólo una breve pausa entre un ruido y otro. Temporalmente esta persona va a comprender que mientras más está contigo menos le gusta su vida, y van a tener que alejarse antes de que se arruinen la vida tratando de casarse o algo así.

En este caso, esta persona se vuelve objeto, porque es la única forma sana de disfrutarse mutuamente.

3) La edad: muchas veces nos atrae alguien mayor que nosotros, por su personalidad, sus anécdotas, y lo que puede enseñarnos, y además de que a veces la gente se vuelve sabia y madura con los años (muy pocas veces, por lo general sólo pasa cuando ya eran maduros de pequeños; el que es idiota, con los años se vuelve recontraidiota.); entonces, puedes sentirte muy atraído por esta persona, y es un capítulo que quieres vivir, sin embargo, sabes muy bien que esta persona tiene la belleza del ocaso, y eso te hace disfrutar intensamente lo que tienes mientras lo tienes, y es entonces cuando se va haciendo más y más objeto.

Así que, las personas que son algo, se vuelven capítulos en tu vida, y las personas que son alguien, con un libro entero.

Entonces, tenemos tres tipos de objeto: la flor sin intelecto, la brisa sin historia, y el ocaso que es efímero. Todas estás cosas fundamentan un conflicto entre ser alguien y ser algo, pero ¿de qué forma se puede vivir en armonía sin entrar en conflicto? sencillo, sin el deseo psicológico. El deseo de hallar seguridad en el futuro, de prolongar el placer indefinidamente, genera consigo el conflicto, sacrificas lo que vives por lo que podrías vivir. Hallas seguridad en ilusiones y al hacer esto conviertes el presente en un campo de batalla que se disputa entre lo que es y lo que debería ser.

Todas las personas son algo y son alguien, y es cuando las descubres, sin esperar nada de ellas, que misterios más allá de tu imaginación toman lugar. ¿por qué? porque aprendes de ellas, de lo que son, no de lo que esperas o te conviene que sean. Y es entonces cuando el amor toma lugar, porque amar es la forma de sentir, no lo que acumulas y controlas y mides. Y en ese punto, el sexo se vuelve una parte de tu vida, no el centro de ella, y el amor cobra un significado absolutamente nuevo.