viernes, 25 de diciembre de 2015

No me compares, amor.

No me compares, amor, no arruines mi paseo bajo la lluvia de esa forma. No quiero que me digas que no caminas con nadie como caminas conmigo porque soy la única persona que conoces que sabe ver la vida de una forma tan hermosa.

¿No te das cuenta que lo hermoso es la lluvia, y mi forma de verla y de sentirla me hace uno con ella? La lluvia y yo somos unos, y si nos separas de la lluvia y me pones a un lado, y separas tu pasado y lo pones en otro, luego de las sumas y las restas necesarias para la comparación ¿dónde queda la lluvia? ¿ves? Hay más nubes en tu mente -y en la mía que produce esta conversación imaginaria- que en el cielo que nos empapa.

No sé si me dices que soy mejor que nadie porque de verdad lo piensas, o porque tienes miedo de lastimarme y de perderme. Tal vez si lo formulase a la inversa tendríamos la respuesta.

Sí, ya había pensado hace mucho que tenías amantes además de mí, más que pensado lo había asumido. Creo que es más sano pensar que todo el que se acuesta conmigo puede acostarse con quien le da la gana. Sin embargo, siempre hay algo de mentira en el razonamiento prefijado. Cuando me dijiste -porque te pregunté- que sí tenías otros amantes, un licor ardiente sentí inundar mi sangre empezando desde el corazón. No sé de dónde habrá salido tanto dolor, debe ser de mi mente dormida, porque no hubo pensamiento que me lastimara, simplemente me sentí inconsolable.

El primer impulso fue el habitual, compararme y decir que nadie iba a darte lo que yo, lo cual ambos sabemos que es cierto, pero al permitirnos esto, nos estamos condenando a la desgracia, la desgracia de mojarnos sin sentir la lluvia. Porque cuando uno se compara se lastima, y si no podemos vivir sin compararnos entonces no es vida en absoluto.

Recuerdo que te detuve cuando te confesé que me sentía mal y trataste de decirme que eso con ellos no es ni parecido a lo que es entre nosotros. Tal vez sea cierto porque todas me han dicho lo mismo, pero si acepto eso, me aislo de la realidad para encerrarme en un cuarto oscuro a repetirme que soy genial, que nada malo pasa, llenándome de odio y de dolor y de miedo.

No sé cuántas veces ya me ha pasado que suelo confundir con el amor a esa preciosa y patética emoción que siento junto a las personas que me permiten adorarme a mí mismo a través de ellas. Me doy cuenta de esto porque siempre que escribo poemas de amor es por alguien que dice sentir por mí todas las cosas que yo quisiera que todos sintieran por mí, lo cual es inseguridad, y por eso siempre termina en un placer embriagador y con un desgarro como resaca.

Ahora que he visto porqué me dolió tanto, creo entrever también porqué me gustas tanto, y es tan triste darse cuenta de que uno es el responsable de su propia miseria, y me refiero realmente a darse cuenta, no a tener autocompasión que es otra forma de evadirse, ni a decir que no eres tú soy yo. Hablo seriamente, hay un momento en el que uno se siente totalmente miserable por no tener más opción que ser libre. Y además, me acabo de caer de culo en el barro, y no quiero ni que me toques para levantarme.

No sé que hacer con este resentimiento que siento por ti, que ni siquiera es por ti sino por la imagen que hice de ti, para poder adorarme a través de ella. Tal vez nunca te quise, pero cómo negarlo, si te adoré tanto, uno no puede adorar tanto a otro ser vivo sin que esta adoración se deba a otra cosa, a una carencia interna más que a una apreciación del objeto adorado.

Yo soy el resentimiento que siento por ti, ese resentimiento no es un intruso que se metió cuando supe lo que había sabido hace tanto tiempo sin querer saberlo. Yo soy esta inseguridad de compararme con los otros, soy este miedo al futuro que me llena de terror al escribir esto porque siente que escribirlo es sacarte de mi vida, así como también soy estas ganas de correrte a patadas de mi vida por haberme lastimado, es decir, por permitir que me desmienta a mí mismo.

Hay demasiadas cosas aquí, y nada de eso es el amor.

No me compares, querida, no te engañes diciendo que me quieres como lo hice yo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Carta a Ivanna

Ellos piensan que estás maldita porque no vas a ver jamás las cosas hermosas, y tienen miedo de algún día no poder verlas ellos, y además (y peor) te tienen lástima, y no hay nada peor que tener lástima.

Lo cierto es que ellos tienen una ceguera peor, ellos pueden ver las cosas bellas y hermosas pero no quieren hacerlo, prefieren ponerles nombres, y cuando le pones nombre a lo bello, en ese instante se vuelve completamente invisible, o peor aún, insentible, si nos damos el lujo de inventar palabras, como ha sido y será siempre en la literatura Raga.

Ellos tienen lástima de ti, dicen: oh, jamás verás lo que yo veo. Pero ellos dejaron de observar hace mucho tiempo, porque se conformaron con definir las cosas.

Hay algo que quiero mostrarte, y es que un sitio jamás es dos veces el mismo sitio. Dicen que el color es tu mayor ausencia, pero ellos llaman color a un mero tono que aparece en sus mentes luego de decir esa palabra. Y yo quisiera mostrarte los colores, lo que realmente son; teniendo en cuenta siempre, que un color no se queda quieto sino que siempre va cambiando.

 Las palabras tienen colores, colores que deben sentirse, y que se pueden sentir con el sonido. Quienes piensan que la música no se puede tocar, es porque jamás han sido tocados por la música, simplemente caminan junto a ella pero no dejan que ella los toque y los convierta en la música misma al dejarse tocar por ella.

Cuando digo verde no quiero que trates, como la mayoría, de tener una idea que sustituya al verde, quiero que al decir verde te sientas descalza, sientas la grama húmeda en donde caminamos cuando viniste a casa, y la punta de cada hoja de césped te picaba un poquito porque hacía sol.

No es lo mismo ver que sentir, y caminamos durante horas por el bosque, porque yo supe desde el primer momento que esos kilos de más se iban a ir, no para que alguien te acepte o te desee o te necesite, sino que se iban a ir porque íbamos a caminar, a caminar no para llegar sino para sentir.

Y tú veías muchas cosas que yo no podía a fuerza de verlas, como esos pájaros que parecían pelear, y luego yo te hice un sonido de vibración con mi dientes en tu oído que te dio cosquillas y te dije que así se sentía verlos, cosquillas puras.

Luego vimos (sentimos) ese caballo y nos pasó por al lado una gringa idiota que repartía el correo y nos vio como si fuésemos imbéciles por estar más atentos al caballo que a su urgencia por saber dónde quedaba la casa Night Neen Chinga A Tu Madre Pinche Puta y le dije que no sabía porque tú eres ciega y yo ando demasiado ocupado viendo las cosas hermosas que tú escuchas como para pensar en los chingados números de las chingadas casas.

El caballo era precioso, casi tanto como la gringa, pero mejor porque él no andaba desesperado por su comida. Deberíamos aprender de los caballos -te dije- comen grama y no viven con tanto drama, y empezaste a reír, y eres tan hermosa y tan parecida a Ethel cuando ríes; y me di cuenta de que no sé muy bien si este bosque es tan hermoso como tu sonrisa o si las cosas bellas son tan indivisibles como indescriptibles, y definitivamente es inútil hacer categorias de lo hermoso, porque lo que es bello no es más o menos bello, sencillamente es precioso o no lo es; y ya vez, Ivanna, trocito de Ethel, sonrisota hermosa, salimos a enseñarte a ver el bosque y al final eres tú la que me enseña a ver lo hermoso, preciosa Ivanna, trocito de Ethel.

Y se supone que debería terminar esto, decir lo que vimos, lo que sentías al escuchar al caballo patear la grama mientras comía, pero es que uno luego de ver tu sonrisa se da cuenta de las cosas no terminan ni empiezan, de que eso de empezar y terminar es un desorden de la mente, que nos hace creer que la historias necesitan un final, y la belleza explicación.

Uno no puede terminar un cuento luego de que empieza tu sonrisa, porque tu sonrisa es mucho más de lo que se puede ver en la palabras, Ivanna, gorda hermosa, pedacito de Ethel.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Manifiesto poético de Victor Hugo Raga

Es necesario rescatar a la poesía. No lo digo para crear un movimiento nuevo, o para que se me sea adorado y hacerles creer, que adorándome, rescatarán a la poesía. La poesía que se hace es pésima, no porque no sea intelectual, debido a que un árbol no necesita tener un concepto para ser hermoso. Sino porque es mediocre. Propongo que cada uno de los que siente la poesía -incluyendo a aquellos que se hicieron famosos por ponerse a llorar 5 minutos escribiendo algo y excusan su éxito comercial diciendo que no se consideran poetas- que escriba como si la poesía no hubiese sido escrita nunca antes. ¿Si fueses el primer ser humano que escribe, cómo escribirías? Lo que tratamos de hacer no es decirles cómo hacer poemas, sino darle a este genero un tono profundo, no para inventar conceptos que se terminen haciendo podridos como los que ya están, sino para escribir lo que más nadie puede: la poesía del libro que cada uno lleva dentro; sin la habitual comodidad que sienten los poetas de moda a ceder ante la vanidad de ser adorados por darle al publico lo que el publico pide, que básicamente pide que se repita la misma formula, que se les entretenga para olvidarse de sus problemas, para no tener que comprometerse con el mundo sino que es suficiente con hablar de él, con quejarse.

No seamos corruptos, amigos poetas, vamos a escribir como acto de amor y no como acto de vanidad, vamos a volvernos poetas incorruptibles, puesto que es la única forma de salvar este genero tan podrido que se llama poesía.


Es hora de que se destruya el concepto de la poesía, de que los poetas salgan de las ventas y del miedo al hambre, para que recorran el mundo, contagiando de vida, mientras viven; y no mientras fingen que viven, sólo para ser adorados.

La poesía no como forma de entretenimiento, sino como forma de ser libre. O mejor, como libertad sin formas.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Desambiguación de un café (cuento corto)

No sé hasta cuándo me va a pasar esta mierda, en serio, me pasa siempre, siempre me pasa. Cada vez que intento servir el café se me derrama por la parte de abajo del pico de la jarra. He intentado de varias formas pero siempre es lo mismo, lo mismo siempre. Creo que el café es como esos animales que te huelen el miedo y cuando te ven medio caga'o, zas, se derrama.

No creerían el esfuerzo que hago para que no se den cuenta de que se me ha derramado, saco el trapo con sigiloso ahínco; y es casi un hábito, el derrame y el limpiar se han vuelto parte del proceso de servir café. Como no puedo corregirlo procuro hacerlo de forma veloz, y de forma natural, sin quejarme de mi torpeza para que todos incorporen esto como suelen incorporar a su cotidianidad cosas aún más extraordinarias.

A veces el maldito portugués hediondo -mi jefe- ve cómo se me derrama, y yo me aseguro de no demostrarle el más mínimo miedo, con los jefes siempre es la misma vaina, no saben que te equivocas al menos que les falte plata o te vean caga'o. Lo mismo ocurría con mis padres, decían que no me esforzaba para nada, que no me esforzaba, decían. Y era cierto, jamás me he esforzado y puesto empeño en nada como el que pongo en esconder -y a la vez incorporar- el derrame del café en la vida de los otros. Es asombroso lo mucho que uno puede esforzarse simplemente por una vagina.

Naturalmente cuando hablamos de vagina hablamos de otra cosa, algo que tiene que ver más con la vanidad que con la persona en sí misma. Si realmente nos importarán las vaginas no estaríamos tan interesados en cogerlas. Lo cierto es que quizá podamos insinuar que hay dos caminos que suelen seguir los hombres: uno es el de tener talento para poder tener mujeres, y el otro es el de ir por las mujeres a fuerza de no tener talento, y algunos hacen de este ir por las mujeres su talento.

El problema cuando como yo, conquistar mujeres se vuelve tu talento, es que sencillamente de esas cosas no te desprendes tan fácil; eres mejor que todos los hombres a la hora de seducir, pero al mismo tiempo seducir se vuelve una cosa mucho más seria para ti. Lo que trato de decir es que a los tipos normales les rompen el corazón, a mí me rompen el ego, y esa joda duele más.

Angie trabaja aquí desde hace tiempo, no entiendo cómo puede alguien trabajar en una panadería al menos que odie profundamente su existencia y disfrute de recordarlo cada día, una especie de sadomasoquismo existencial; lo mismo que ocurre con los que leen los libros de Onetti o de Camus. Sólo que con mucha menos arrogancia e intelectualidad.

El salario es una mierda, no simplemente por ser en Venezuela, ha sido así incluso antes de Chavez, y es casi por sentado que si trabajas en una panadería tendrás un jefe que es más imbécil que tú -Aunque cueste creerlo-. ¿Qué clase de criatura prepotente puede creerse jefe de alguien sólo por supervisar que hagas pan y sirvas café y por chuparle el pene a un portugués hediondo?

A Angie la intenté enamorar con poemas, pero por supuesto uno no puede ir a una discoteca y esperar que alguien que tiene un letrero en la frente que dice: "Doy culo por teléfono y doy papo si me llevas a pasear en tu carro" esté interesado en poesía, los deseos siempre se interponen entre nosotros y lo que tenemos al frente, seguro he pasado por al frente de mujeres más inteligentes -y como el lector ya intuye, más bonitas- que Angie, pero yo ando muy ocupado en sus tetas como para verlas. Lo cierto es que las tetas no son gran cosa, en las fotos son una cosa tremenda, pero cara a cara no son más que grasa colgando. Lo que importa es lo que representa: lo que nadie te invitó pero precisamente por eso quieres tener.

La pobre Angie es tan tonta y quizá por eso me gusta, no tiene idea de mi existencia, de mi profundidad, y eso me encanta; es esa y no mi labor en la panadería y el maldito café que se derrama mi verdadero masoquismo. Saber que puedo tener a cualquiera -o sea, unas dos o tres opciones, por lo menos- pero a ella no, y que aunque le empapara la cara de semen sería lo mismo; bueno, no, sería mucho más rico que estas manos oliéndome a café y a trapo. Pero algo me dice que no puede verme y al mismo tiempo sí, algo me dice que sabe que soy una buena persona -Eso no es difícil, cuando uno escribe poesía creen que eres bueno sólo porque les resultas estimulante, como todo en la vida, Supongo- pero ella quiere otra cosa, ella tiene ego, por eso sigue trabajando aquí a pesar de que pudiera estar feliz de la vida con el hijo de un viejo con dinero, o en su defecto con el viejo mismo. Pero sigue aquí, y por eso yo también sigo, porque uno se vuelve poeta para que los otros se humillen ante la belleza que creas -Realmente no, uno se vuelve poeta por dolor, pero se mantiene siéndolo por poder- y tengo que encontrar una manera de dominar a esta mujer, de controlarla, de hacerla necesitarme, de que venga a limpiarme el café y decirle que se vaya porque no la necesito pero se quede ahí porque no sabe cómo irse.

Pero lo cierto es que no la he tenido ni voy a tenerla nunca, lo cierto es que renunciaré, lo cierto es que abandonaré mis deseos perversos -porque la maldad siempre está en lo que se desea, la consumación del acto carece por completo de maldad- y me iré a quién sabe dónde, y leeré mucho para olvidar mis recuerdos a fuerzas de construirlos. Y seguramente soñaré con ella, con esos senos que serán de otra porque no se los he visto, con el sabor de los pezones de otra, con todo prestado pero con la mascara de ella. Porque al final uno siempre desea a la misma mujer, y siempre uno se folla a la misma mujer; pero lo que importa, a lo que uno se aferra, es a su mascara, a esa parte de ella que no existe al menos que se mantenga frustrada, porque las máscaras de las personas sólo se ven en nuestros sueños cuando nos duelen. Y las personas mismas están ahí, pero no podemos verlas, porque se nos derrama el café y hay que limpiarlo muy rápido, porque si no puede ser que nos vean sin nuestra máscara, y de pasar eso tendríamos que aceptar que los otros se quiten las suyas; y ya no habría deseo, no habría dolor, no habría café, ni portugués de mierda y todo iría tan bien y sería tan tranquilo.

Pero me sigo aferrando, pero me sigo aferrando, sin perder la esperanza de que un día pueda arrojarle el café en la cara al viejo portugués hediondo y pueda cogerme a Angie como a la miserable puta que no es, y luego seguir, seguir, buscando con desesperación otro café el cuál limpiar antes que todos se den cuenta, y otra máscara, que me tape los ojos por completo, para que se me pueda derramar el café, y sólo darme cuenta una vez de que esté en el piso, y echarle azúcar, y lamerlo, y que todo sea tan hermoso, porque por una vez todo dejaría de ser lo mismo, lo mismo siempre, esta maquina incesante de repeticiones a la que llamo máscara, y jamás se me cae de los ojos.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Relato: nostalgia de lo una vez odiado.

Pienso en la casa de mi abuela. Sé que la idea de la nostalgia es añorar lo hermoso que nunca más será. Pero es que cuando pienso en la casa de mi abuela lo único que me viene a la mente es que su cocina olía a chiripas y cucarachas. También recuerdo que las jarras de plástico donde bebían agua olían a asco y se les acumulaba en el borde una especie de residuo muy parecido al vómito o al papel desintegrado cuando tiene muchas horas flotando en el agua.

Mi abuela estaba renuente a beber agua mineral, de la que venden en un recipiente de 18 litros y es la que todos consumimos debido a que hasta los ateos preferimos encomendarnos a dios primero que al servicio publico, o sea, primero muerto que arriesgarme a beber el agua del chorro. Sin embargo, los pobres la consumen desde niños y se cree que esto hace que sean inmunes a sus bacterias. Algo parecido a lo que ocurre cuando hay un perro de pedigrí que se muere si le estornudan cerca pero al perro callejero no lo mata ni el sida, si es que pueden contagiarse. Estos botellones eran ofrecidos por hombres que pasaban por las veredas con un estruendoso pero entrañable grito: elagúa elagúa mineral elagúhá. Y yo los veía irse porque mi abuela les gritaba apresurada, como huyendo de la tentación: no gracias, con esa voz de tenor colombiano que era su principal documento de identidad.

No sé si me dolía más que el agua fuese tan barata y los tipos hasta te hacían el favor de cargar los 18 litros y meterlos en tu cocina, tan amables, con sus rostros de perros que reciben la primera caricia en semanas y jadeando como si desearan poder llevarse la sombra de dentro de la casa para acompañarlos por el resto del hipersoleado día de trabajo, o si lo que me dolía era el motivo por el cual mi abuela no compraba el agua.

Mi abuela no compraba el agua porque su devoción por su marido era enorme, tanto que se parecía a una estupidez insondable. El marido de mi abuela había instalado él mismo el filtro-purificador de agua que usaban. Y jamás le habían hecho mantenimiento, pero si quiera proponérselo al marido de mi abuela, podría ser tomado como una falta grave, una excusa perfecta para que la abandonara durante el fin de semana y se fuera solo a su casa hecha por él, a la que todos llamaba "la parcela", que era como decir: "el reino".

Nota que digo "el marido de mi abuela", lo llamo así porque de esa forma mi padre se refería a él. Lo pronunciaba con un enorme grado de rencor. Básicamente porque mi abuela fue una huérfana y como suele pasar, los huérfanos abandonan a sus hijos. Yo creo, en lo personal, que es el resultado de vivir huyendo de los problemas o traumas en vez de afrontarlos: inevitablemente crecen y crecen a fuerza de repetirlos hasta sin darte cuenta -o ignorando que te das cuenta-. Lo cierto es que mi abuela no podía encontrarse un marido porque lo hacía su amo, y si mi padre intentaba hacerla razonar o por lo menos pedir un poco de justicia, mi abuela le arrojaba un plato y si lo esquivaba lo castigaba por dejar que el plato se rompiese.

Mi padre creció haciéndose inteligente y anhelando el poder, que el pensaba era la única forma de no ser jodido por los otros. Por supuesto una vez que lo tuvo se dio cuenta que era una perdida de tiempo, pero lo siguió manteniendo porque le gustan mucho las putas y el whisky. Y siempre le pareció que mi abuela era despreciable pero jamás pudo vivir sin ella. Cuando tuvo dinero le regalaba cosas, quizá para ser por fin él el dueño de su madre, pero aún así ella prefería preferir al marido. Del que he venido hablando, porque fueron muchos antes que él.

Mi abuela conoció a el marido de mi abuela porque mi padre lo llevó a casa; en otros tiempos, antes de mi existencia, la casa de mi abuela era el sitio de las fiestas. Tenían muchos amigos de esos que están contigo en las fiestas y también en, bueno, están contigo en las fiestas. El marido de mi abuela era 23 años menor que ella, y cada vez que tomaba se le salía lo amanerado y se creía un intelectual irresistible por su bigote nietzscheano.

Mi padre soñaba ser militar o policía, porque pensaba que sería como en las películas gringas. Donde a uno lo tratan como un héroe básicamente por ser un asesino.
Pero una vez le hicieron una prueba psicológica y le preguntaron qué haría si veía a su madre chupándole el pene a su marido. El resultado fue que declararon a mi padre incapaz del porte de armas, no supe más detalles.

Una vez mi padre le regaló a mi abuela un televisor enorme, y ella se lo regaló a su marido. Y cada vez que mi padre entraba a su cuarto de infancia (donde dormía yo, que era un asco) encontraba mi abuela sentaba en ese colchón de 20 años de antigüedad en el cual te sentabas y era una mezcla de resortes y polvo porque vivíamos justo al lado de un autopista, esto quiere decir que terminas de barrer la casa y ya está sucia otra vez. Por este hecho mi abuela se daba el lujo de no limpiar nunca y por eso siempre olía a chiripas y cucarachas. Cuando encontraba a mi abuela, sentaba en esa asquerosidad que era mi hogar por esos tiempos, viendo sus novelas en un televisor tan viejo y feo que describirlo sería de mal gusto. El pobre de mi padre se enfurecía y no podía creer cómo una mujer podía ser tan boba.

Y lo que más lo puteaba era que el marido de mi abuela se pasaba viendo el programa chavista de la hojilla, que lo hacía un tipo rico que decía que cada cosa que ocurría en el país era una conspiración de la CIA. El marido de mi abuela se cría un super intelectual de izquierda, no sé cómo alguien puede creerse intelectual por aceptar algo sin cuestionarlo.

Les comenté acerca de "la parcela" era un lugar hecho por el marido de mi abuela, porque el tipo sí que era inteligente para muchas cosas; sabía bordar, sabía de química, de un montón de cosas. Todas despreciadas por mi padre porque él cría que a un hombre lo único que tiene que importarle hacer es hacer dinero. Y como el marido de mi abuela era socialista, esto los ponía en lados perfectamente opuestos, pero idénticamente estúpidos.

La parcela era un sitio sin tecnología, iba ahí cuando los visitaba su amiga la bruja, y también el gordito que era amante de el marido de mi abuela y que todos notaban que eran amantes menos mi abuela, que como muchas personas, niega solamente las cosas que son encandiladamente claras.
Solían hacer rituales santeros, conocidos popularmente por el colectivo prejuicio cristiano como "brujería". Era curioso que el marido de mi abuela negara a Dios pero se mantuviera fiel a sus creencias santeras.

Afortunadamente nunca vi esas posesiones demoniacas, lo que si recuerdo es que una vez se metieron unos ladrones a robar, debías ver la cara de imbéciles que pusieron cuando buscaron por toda la casa y se dieron cuenta que esta gente vivía con menos comodidades que ellos mismos. A mí me gustó mucho, porque eso hizo que mi madre no volviera a llevarme a un lugar tan aburrido.

El gordito que era el amante de el marido de mi abuela (mientras escribo esto he recibido la noticia de que murió de depresión y estaba tremendamente flaco por la enfermedad) una vez me dio clases de matemáticas porque iba mal y era profesor de vocación, dando clases fue donde conoció al marido de mi abuela. Sus clases eran entretenidas, explicaba bien, y se comía un promedio de 13 ponsigués cada vez que me iba a explicar algo. Y masticaba desesperado como los pobres canarios de mi abuela, a los que él contemplaba con ternura y como con una mirada perdida, como si el pensara que esos canarios enjaulados en la tortura de no poder volar libremente fueran él y el marido de mi abuela. Bueno, eso no es cierto pero le queda bien al relato, así que vamos a suponer que así fue.

Abuela compra el agua, sálvame a mí de la sed y de tu repugnante vida. Y salva a tu marido de su hipocresía, sálvalo de ti, sálvate de él. Sálvame que me deshidrato y tú maldita cocina huele a ratas, cucarachas y chiripas.

No todo puede ser leer. (ensayo sobre un poema de amor)

No todo puede ser leer,
con no leer la poesía que está de moda
las novelas que están de moda
y al hijo de Vargas Llosa
es suficiente.

Ella es romántica, y se calla
porque piensa que si me dice algo
puede parecer muy tonta.
-No eres tonta, linda, eres tontísima.
Y eso es de las cosas que más me gustan.

Ella me trajo los poemas de amor.
¿me los regresó? No, un poema de amor
es nuevo o sino es totalmente falso.
Uno no siente el mismo poema de amor
dos veces, de la misma forma, en la misma vida.

Nada que puedas leer te hará escribir un poema de amor.
el poema de amor te lo hacen escribir
esas personas que te hacen sentir maravilloso
por ser como eres, por sentir lo que sientes.
Sin intentar algo, sin pretender algo
son como niños que se tropiezan con un árbol
y cuando le hablan, el árbol descubre que es árbol
y que se siente maravilloso serlo, porque un niño lo dijo.


Estás aquí, mi amor, a veces eres
romántica de la forma más tonta
pero no cursi
porque cursi es quién dice idioteces
esperando recibir algo
tú eres simplemente romántica
y tonta
y te encuentro en todas partes
y me pasan cosas tremendamente incomodas
por andar contigo
por sentir que la vida son esos momentos contigo
y no los momentos que hago lo que se supone que debo hacer
porque nadie en el mundo debería hacer otra cosa que mirar
cuando encuentra por primera vez en la vida
unos ojos como los tuyos.

Y cuando me quedo sin lo que se supone que me conviene
porque lo perdí por andar contigo
más tiempo del que la normalidad
(esa mal parida)
le permite a las personas
(a las personas, no a los amantes,
ningún amante se somete por otra cosa
que no sea el amor)
me importa muy poco
porque nada me conviene más
que darme por completo contigo.

Y nos quedamos en silencio,
nuestros silencios tienen un sonido propio
ni los libros saben callarse de una forma tan hermosa.

No todo puede ser leer,
hay suficientes libros en el mundo
(de los buenos, ojo)
(y cuando digo bueno
no me refiero a que sean buenos
porque los recomiende Vargas Llosa)
pero cada quién tiene el suyo propio
y aunque disfruto de escucharte
citar a los autores que me gustan
y no disfruto tanto o disfruto de otra forma más cruel
escucharte citar a esos autores tremendamente cursis
y bobos y verborrágicos y que dicen sentir tanto
que parece que jamás han sentido nada.
Y entonces me pregunto cómo cosas tan bellas
y cosas tan tontas pueden andar juntas
y compartir el cielo que es tu bella sonrisa
un cielo que se incendia
y el humo hace
que se te cierren tus ojos
y calientas tanto
y enciendes tanto.

Y me gusta amarte de esta forma silenciosa
mirándote profundamente
y amando todas las cosas que me recuerdan a ti
la sonrisa de tus hijas
la vida
... el arte de vivir.