viernes, 21 de octubre de 2016

El encanto de las hojas amarillas.

Mi forma de ser romántico es pensar en ti cuando el césped se me llena de hojas amarillas. A otros les dejo la trillada labor de comprar flores; yo no tengo el corazón para arrancarlas, prefiero contemplarlas contigo o escribirte poemas en donde te cuento lo hermosas que eran.

Mi forma de ser romántico no es un medio para obtener algo de ti, es sencillamente mi forma de vivir, de vivir encontrándote en cada sitio, sin andarte buscando ni esperando.

Pasé toda la mañana recogiendo las hojas del jardín, desde que salió el sol hasta que empezó a llover; eso son alrededor de seis horas, si lo traducimos al tiempo de los que necesitan medir el tiempo.

Cuando había terminado un sector inmenso del jardín, la lluvia se acercó sigilosamente, y una de las caricias que hizo al caminar sobre el viento con la punta de sus pies, derramó una cascada de hojas, de hojas amarillas, trayendo consigo un frenesí de mariposas.

Una de esas personas que mide su vida en función a lo que alcanza y realiza, hubiese maldecido aquel instante al sentir que el tiempo se había perdido; pero sabes muy bien que ni siquiera yo puedo predecir lo que voy a sentir, y en ese momento quedé maravillado con la forma tan hermosa que tienen las hojas de caer. Es como si ellas dijesen: "no caigo, pendejo, vuelo", y uno no puede hacer más que creerles, o mejor aún, de verlas con tanta intensidad que toda creencia o no creencia se desvanezca para siempre, en una intensidad tan bella y total que ni la mente es capaz de capturarla para traducirla a la pobreza de las palabras.

Una cayó justo en mi mano, que hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba semicerrada de una forma en la que sólo esa hoja pudiese entrar en ella. Alguien con más conocimiento que vida hubiese pensado que las hojas sólo sirven para alimentar al árbol, y que ahora carecían totalmente de valor. (Sí, esas mentes repugnantes que traducen toda belleza al lenguaje de su propia incapacidad para verla). Pero sabes muy bien que afortunadamente ese no es mi estilo de ver ni de vivir, y lo que hice fue darme cuenta de que la hoja que estaba en mi mano era tal vez la única que no estaba completamente radiante y amarilla; entonces la vi de cerca, y en su parte ennegrecida y muerta se dibujaba la forma de un rostros, con el círculo alrededor, los ojos, la boca, y la nariz algo puntiaguda, y era realmente fascinante para mí sin tener un porqué.

Cuando la contemplé por unos instantes más, descubrí que tal vez ese rostro era el mío y la boca estaba abierta de par en par por el éxtasis que me produce sentir tu belleza amarilla, esa belleza que sólo tú puedes hacerme sentir, en ese rincón donde nadie, ni siquiera las hojas, pueden tocarme.

Luego de leer la carta enviada por la belleza de los árboles, hice unas reflexiones acerca de la naturaleza que no voy a molestarte repitiéndolas aquí. Y entonces arrugué la hoja convirtiéndola en una hojita; lo hice con delicia, con la misma delicia con la que arrugas el papel que cubre las tabletas mentoladas, que a veces se pega en ellas y tienes que mascar papel por un rato y te desquitas con el inocente papel que quedó fuera de tu boca.

Después la arrojé sobre el césped y me quedé deleitado con la forma en la que me pueden fascinar tan profundamente cosas tan simples como ver el césped bailando la canción que el viento le toca. Cerré los ojos, puse mis manos debajo de la parte trasera de mi cabeza, y me quedé debajo de las ramas observando cómo todas esas hojas caían sobre mí. Incluso una mariposa se estrelló contra mi nariz, debe ser que huelo tantas flores que ya los mocos saben a ellas, quién sabe.

Luego una gota de agua cayó en la parte inferior derecha de mi lente derecho, y se veía tan linda esa gota, tan cerca de mí y sin poder tocarme, que preferí dejarla, de hecho, todavía la tengo mientras escribo.

Empezó a llover con furia y mi goce al ver tal tempestad me hizo caminar despacio hasta la puerta, saboreando cada instante antes de venir a escribirte esto. Cuando iba entrando, alguien salía a grabar un vídeo, si quieres te lo mando para que lo veas y lo compares con las palabras que he dicho, o mejor, simplemente para que lo disfrutes.

Esa persona se tuvo que venir corriendo, algo me dijo que eso le pasa por disfrutar de la vida como un intervalo entre dos ruidos, y no como una forma de vivir sin pasado ni futuro. Pero lo cierto es que le abrí la puerta para que entrase y luego de ayudarle a encontrar refugio, me quedé atónito ante la belleza de las hojas amarillas aplastadas por el agua, y se quedan tatuadas en el piso, como formando un camino, un camino que te lleva a descubrir que la verdad es una tierra sin caminos.