miércoles, 11 de octubre de 2017

Los únicos felices: no eramos nosotros.

Por Jessica Raga

  Esperaban como impacientes, el sol les burlaba los rostros, los únicos felices eran los abejorros.

Comienzo esto sin dejar de ver el azul más allá de todo esto.

Esto, la manera en que Venezuela desvaría y se resquebraja en sus habitantes.

El día es precioso, al menos para nosotros los de las sombras, es decir, quienes esperamos del lado techado de este edificio. Ahora, para aquellos bajo el sol perlado, bueno, el día es simplemente otro día en Venezuela.

Decidí pasarme por aquí como para distraer a los bostezos que se asomaban en mi rostro. Llevo despierta desde las seis de la mañana, cosa no tan grave, cosa natural estos días de clases, pero aun así cosa que da sueño cuando son las 12 del mediodía y mi libro decide tomarse el día libre olvidado en mi escritorio.

Venezuela en todo su esplendor, y me refiero al camino verdoso que tomé para llegar aquí, repetí Bonjour un par de veces, porque los árboles saludaban y una hoja me caía en la frente. No me importa ser pequeña cuando se trata de caminar bajo las arboledas.

Finalmente, aquí, una persona tras otra, un sueño frustrado tras otro, un repugnante olor tras otro… Ahora sí, Venezuela.

Las personas son algo fascinante, cada facción que conforma el rostro, la mirada que desvía un ojo tras otro, el tono labial de cada voz, las risas anonadantes, los cuerpos: víctimas de los años. Tienen una maldad genuina al reírse de las caídas y una ternura inmensa al comer chocolate.

Todo esto lo pienso y ninguna de estas personas parece inmiscuirse en mi presencia, cosa que agradezco más allá de esa peculiar mirada que me dieron esas dos mujeres de nubes polvorientas (azul rebosando el parpado de los ojos).

Espero, la sombra acoge y extiende historias que luego les contare, por ahora, un niño llora. La madre es joven, está agotada.

Una pareja se llena de besos, se succionan hasta la respiración, el hombre miró de reojo a una mujer que pasó.

Han sido treinta minutos, ahora hay muchas más personas, el sol se ríe a carcajadas. Si tan solo aprendiéramos a reírnos en conjunto.

Al fin los minutos transcurren junto con los pasos, entro, me siento en una mesa, me pregunto si mi naranja será agria o dulce.

Cuatro jóvenes se sientan, pérfidos, alegres y repugnantes: han robado platos y comida.

Miraban como agujeros, las paredes gritaban despavoridas, ¡huyan! –decían los abejorros.

    Las mandíbulas se abrieron, unos a otros se comieron.

Cuatro en mi mesa pasaron a ser uno: una inmensa masa de comida putrefacta, con rostro ininteligible.

Otros rostros agraciados transmutaron a exagerados labios que reventaban de labial y vanidad.

Unos a otros se arrojaban comida y pasta dental, reían como en pesadillas, pisoteaban el dinero, mendigaban por otra moneda.

El niño huyo llorando con las ropas desgarradas, otros no corrieron con la misma suerte, robaban a bolsillos ya sin portador.

Divina comedia humana, dejé mi naranja, Venezuela se desborda.

Lloraban en silencio, ni las nubes acogían, los abejorros preguntaron a donde se fue la valentía.

Unos a otros se aniquilan, unos a otros se empecinan, ¿es la hambruna, la desesperación, el miedo?

Yo solo veo como se destrozan, robando bocados, jugando con la injusta balanza del dinero.

Venezuela ha transmutado, Venezuela ya no será la misma, Venezuela esta corrupta.

No soy nacionalista. Todo nacionalismo es egoísmo. Qué ha hecho el nacionalismo sino destruir cordilleras, llevar sequia a lagos, partidos políticos a la riqueza.

Vivo en Venezuela y soy testigo de esta comedia humana. Ya no se habla sino de cómo aprovecharse de otro, cómo ganar a otro. Estamos corruptos, estamos deshechos. Somos venezolanos.